Mostrando entradas con la etiqueta Divina de la Muerte. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Divina de la Muerte. Mostrar todas las entradas

8 de enero de 2017

Seis personajes en busca de Amor (I).

"La capacidad de reir juntos es el amor". 
Françoise Sagan, escritora francesa. 







Nota del autor: 
Mis queridos lectores, visitantes y amigos, este post fue escrito para ser publicada en el pasado día de Año Nuevo de 2016. pero, por causas ajenas a vuestra voluntad, no pudo ser, así que aquí os lo traigo hoy, con algún que otro retoque, apreciadlo bien, pues como comedia escrita en tiempos grises, ha de tener, sin duda, un plus de valor añadido.
  
Gracias a todos y FELIZ AÑO NUEVO.   

Otra nota del autor: 
Eeeeeh, pues resulta que entre retoque y retoque, se me ha ido la mano lo que mayormente viene siendo otra cuestión de tamaño, así que, en una decisión salomónica he decidido partirlo en dos partes, con lo que todos ganaremos algo, vosotros suspense y yo tiempo.

-Primer personaje: Mi "ALTER EGO". 


Hola, espero que os encontréis ya bien despejados de los efectos colaterales de tanta -supuesta, por tradicional- celebración, aunque aún así tengo serias dudas de que toméis por verídico lo que deseo relataros. Sí, son serias mis dudas, muy serias; y lo son tanto, porque ni siquiera yo mismo me atrevo a dar por cierto lo ocurrido esta última noche de transición entre dos años, el que muere y el que le releva: 

'Cabaña en la alta montaña'
Mel Mc. Robert
Como cada año por estas fechas he regresado a mi querida montaña de eternas nevadas cumbres, a la pequeña, pero acogedora, cabaña de madera en la que, de tanto en tanto y cada vez más y con más frecuencia, me gusta aislarme y refugiarme del mundanal ruido; pero si os dijera que pensaba pasar la Nochevieja cenando y comiéndome las tradicionales uvas de la suerte y brindando conmigo mismo, en soledad, sería un feo menosprecio al más apreciado y leal de mis amigos: mi fiel, juguetón y gracioso perro Canelo. 




-Segundo personaje: CANELO.

Allí estaba, acurrucado a mis pies, ora agitando la cola, ora levantando una oreja y entreabriendo un ojo al ritmo del crepitar de la leña que ardía en la innecesaria chimenea, vigilante y desconfiado, o quizá, tan sólo soñando que correteaba y saltaba por los verdes y extensos prados de algún canino Cielo,  luciéndose ante alguna cánida vestal que le hiciera tilín; parecía dormitar, sí, tan feliz y contento como ajeno al cambio de año, que en su perruno calendario tan sólo figura una hoja, sin números, sin fechas, quizás sí con un nombre, Otro Día Feliz, podría ser que también con algunas tareas instintivas y aprendidas, despertar a lametones al Amo, salir a regar árboles y fertilizar la tierra, jugar, corretear y saltar alrededor del Amo, estar siempre pendiente de Él, acompañándole y, sobretodo, protegiéndole. Inocente chucho..., ajeno, decíamos, al reemplazo añal, aunque, seguramente, no al vivir una noche especial, en la que su habitual plato de comida mutaba en lata de carne Gourmet deLuxe, que tal fue la cena que le serví, nada habitual, como tampoco lo eran las doce bolitas de PetCookies con que, a bolita y caricia por campanada, le iba a regalar en breve, obsequiándome él a mí con todo su repertorio de saltitos, volteretas, lametones y carantoñas caninas. 
© menudoanimal.com
Mano izquierda, bolita, mano derecha, uva, tal era el mantra que mentalmente habré de recitar para no equivocarme; recitativo, por supuesto, en vano, pues entre contar campanadas y repartir golosinas, caricias y uvas, ¡quién no se liaría un poco!, como cada año, y seguramente, así volverá a ser éste, pero creo, y creo decirlo bien en nombre de los dos, no nos volverá a importar, a Canelo le encantan las uvas y a mí parecen no disgustarme las chuches de galleta para perros.  



Entre estos y otros pensamientos más o menos idílicos, díme cuenta del rápido paso del tiempo, ya faltaba muy poco para la hora mágica, pasé revista comprobando que todo estaba en su sitio, uvas y galletas, botella de champán, copa y cuenco -sí, a él también le gusta, y la cerveza tostada, como a mí, pero eso dejémoslo para otra ocasión-, un paquete de serpentinas, bolsa de confetis, globos, antifaces y toda esa clase de boberías típicas de los cotillones; bueno, de todo ¡no! Y no es que uno no aprecie el noble y arriesgado arte de la pirotecnia, pero hasta que no se inventen los petardos, cohetes y fuegos artificiales mudos, nada. 
¡La radio!, me había olvidado de conectar la radio para seguir la retransmisión de las inminentes campanadas -aborrezco las de la televisión, hoy en día convertidas, más que en un mal circo, en una mala olimpiada de la cutrez más insoportable-; ya está, conectada y sintonizada, exclamé triunfal buscando una posible reacción admirativa de mi peludo amigo, que de existir, expresóse en un desganado abrir y cerrar de hocico que cualquier envidioso lo hubiese traducido por desinteresado bostezo, y ahora, y lo siento mucho por ti, amigo mío -proclamé dando un poco más de énfasis-, será mejor apagar el viejo gramófono hasta después del brindis, concluí llevando a cabo tal proeza con toda la teatralidad y exagerados aspavientos mirando de reojo al yacente podenco, por supuesto en vano, sé lo mucho que estabas disfrutando del momento, pero luego tú y yo tendremos toda la noche para deleitarnos con estas jubilosas reliquias, concluí señalándole la inestable pila de discos con la que celebraríamos nuestra especial Shubertiada, en esta ocasión monotemática, a base de mi -y no es presunción- extensísima -pero incompleta, por si quisiéseis, no sé... tener un detalle-, valiosísima y envidiable colección de lieder del genial músico vienés... ¡Oh, pero qué desconsiderado soy, casi os dejo con la miel en los labios! Imperdonable. Aquí os dejo una pequeña muestra para amenizar la espera; nada, nada, no hay nada que agradecer, y además, porque todo me parece poco, siendo para mis ilustres invitados, añadiré un didáctico enlace en el que disfrutaréis de la maravillosa letra de tan grandiosa obra, tanto en el original y precioso idioma alemán en que fue escrita, con su correspondiente traducción, aunque la consideréis innecesaria, pero ya puestos a regalar, ¡que sea a lo grande! Podéis verlo pinchando aquí: Kareol.es 



Winterreise.
Viaje de invierno.


¡Por fin, una reacción!, exclamé jubiloso, parecía que la promesa de una noche inolvidable había hecho saltar de alegría al amodorrado chucho, pues púsose de repente a dar saltos y vueltas de alegría por toda la casa, terminando por sentarse ante la puerta moviendo el rabo y jadeando con toda la gracia y el salero inexistentes hasta entonces, conducta extrañamente exagerada sobre la que ni siquiera me dio tiempo a preguntarme si debíase a la promesa festiva o, por el encarar la puerta -llamadme lince-, a una posible visita inesperada... La respuesta llegó -sí, antes de formular la pregunta-, por vía sónica, supersónica, hipersónica, ultramegahipersupersonica, ¡y en magnitud +10 en la escala de Richter!: 

―¡¡¡TITOOOOOOOOOOOOO...!!!





-Tercer personaje: Mi sobrina MARI BEYONCÉ.

¡No puede ser!, ¡no puede ser! Pero sí, ahorrándoos mi espasmódica e inmediata reacción, os digo que sí, podía ser y, de hecho, fue. 
Abrióse la pesada puerta de madera maciza sin ni siquiera girar la manilla, como si una manada de elefantes, ¡que digo elefantes!, ¡de orcos!, de furiosos orcos, valga la redundancia y permítaseme la licencia de la cita mitológica, pues no se me ocurre nada más bestia con que comparar a la hecatombe que acababa de cruzar el umbral llevándose por delante todo lo que encontró a su paso, casualmente la ya mencionada pila de discos, gramófono, sillas y mesa con uvas, galletas, champán y cristalerías varias, además de ir dejando tras de sí un rastro de chocolatinas, mantecados y polvorones, amén de cables, conectores, enchufes y extraños aparatos que de un par de maltrechas bolsas de plástico parecieron querer huir. Antes de abrir la boca, encontréme a la dulce criatura abrazada a mis temblorosas piernas, haciendo yo de tope final a tan salvaje estampida. Suerte que el pobre Canelo anduvo bien de reflejos, logrando esquivar a la susodicha, pudiendo así sumarse a la alegría y jolgorio propiciados por el inesperado reencuentro.  


Hola Tito, Tito guapo, qué sorpresa ¿verdad?, ¿a que no me esperabas, eh, Tito?, a ver que contentito está mi Titooooo, que ha venido a verle su sobrinita favoritaaaaaa... Sí, favorita y única, e interprétese este último adjetivo en todas sus acepciones, gemía yo para mis adentros, ajeno al griterío de la nena y los ladridos del can, extrañamente imperturbable ante el apocalíptico escenario que un ahora difuso campo de visión me ofrecía. Apoyéme tomando asiento en algo que luego identifiqué como mi butaca favorita volcada, mientras la infanta se afanaba en dedicarnos a mí y a Canelo inconexas, por atropelladas, exclamaciones de amor, cariño, alegrías y bendiciones, por supuesto, a grito pelado. Poco a poco, no sin esfuerzo, logré descifrar algunas de sus alborotadas palabras, eso sí, sin lograr colocarlas en mi colapsada mente en un orden, digamos, mínimamente comprensible. Aparte de los cariñitos y zalamerías de costumbre, logré captar algo así como "Papa Noel me trajió el karaoke panchufar a la tele, Tito, sólo tienes que conectarlo a la tilivisión con todos esos cables que me se cayeron de la bolsa y ya podemos jugar a cantar y bailar porque también tiene pa bailar Tito que se pone una alfombra de colorines en el suelo y en la pantalla sale cómo tienes que poner los pieses porque se encienden unas luces que te lo dicen, Tito, pa que no te equivoques, Tito, ¿a que te mola, Tito? Anda, enchúfalo y bailamos después de las campanadas, ¿eh, Tito?, Tito, ¡¡¡TITOOOOOOO...". 


¡¡¡Las campanadas!!!, mi corazón y mi cerebro volvieron a alarmarse de repente al darme cuenta del poco tiempo que faltaba para el momento cumbre de la noche y que todo lo que tan concienzudamente había preparado estaba patas arriba, esparcido por toda la sala. Ni siquiera con un milagro podría reconducir la situación, ¡ay, quién me va a ayudar!, yo te ayudo Tito, no, hija, deja, ¡guau!, tú tampoco puedes, ¡ay, quién me ayudará!, que yo te ayudo Tito, que no, pequeña, ya has... ¡guau!, ¡guau! ¡GUAU! ¡Basta! Ninguno de vosotros puede ayudarme con ésto. En realidad, nadie, nadie puede... 

―¿Se puede, Milord?





-Cuarto personaje: BARTHOLOMEW, mi mayordomo.



¡Milagro!, digo ¡Bar-tho-lo-mew!, exclamé con gran alegría alzando los brazos prestos al abrazo de aquel, que apostado ante la maltrecha puerta, acababa de aparecer por sorpresa y, como siempre, debo admitirlo, en el mejor momento, cual maná celestial, mi queridísimo socio y amigo, pero qué agradabilísima sorpresa, ¿qué te trae por aquí?, ¡no!, no me lo digas -aquí estuve rápido de reflejos, no fuera a recordarme la causa de la enésima y última de sus dimisiones irrevocables, algo de ciertos emolumentos impagados por mi parte, nada, un granito magnificado en montaña, seguramente a causa de algún inocente traspapeleo contable- no me lo digas, déjame adivinar... Por fin alcancé a situarme frente a él tras sortear toda clase de obstáculos sólidos, líquidos y apostaría a que hasta alguno gaseoso, pues aún resonaba en mí el enorme eructo con que la pequeña diabla nos acababa de obsequiar y de cuya autoría trataba de culpar al pobre Canelo señalándole con mano acusadora y falsa sonrisa; la botella medio vacía de gaseosa que portaba en la otra mano, la delató; os lo dije, soy un lince. Has venido a despedir el año con el más apreciado -y único- de tus amigos, quizás temías que la soledad también hiciera mella en mi estado anímico, algo muy loable aunque erróneo, pero es un gran detalle por tu cuenta, mi estimado Bartholomew, soltéle toda esta perorata sustituyendo el cálido y esperado abrazo por un más contenido posar de manos sobre sus hombros, pasando a un amistoso palmeo dorsal con el que poco a poco iba, más que invitándole a entrar, impidiéndole poner pies en polvorosa. Oh, pero entra hombre, ya sabes que ésta y cualquier otra de mis mansiones, palacios y castillos son, figuradamente, tu casa; permíteme que te presente: esa bola de grasas saturadas con coletas, ojos y patas es mi querídisísima sobrinita Maribé, de ocupación, sus desastres; anda, cielo, saluda como es debido a nuestro querido y distinguido huésped,  y acercándose la joven al serio y estirado sirviente, púsose la ocurrente ante él e hízole una reverencia tan cómica y graciosa como forzada, y tan forzada que quisieron las leyes de la física que por la presión los gases volviéranle a salir, más esta vez, por otra vía menos... narrable. 
Llenóse la sala de un mal disimulo colectivo que la nena rompió con una risita delatora, que el huésped sorteó con su admirable y habitual flema británica y servidor de ustedes intentando encajar en sus goznes la malparada puerta a fin de evitar la previsible huida, y a Canelo ya le conoces, proseguí con las presentaciones señalando al lugar donde antes estaba el chucho, sin encontrarlo, Maribé, ¿dónde está Canelo?, Milord, respondióme en su lugar el bienvenido asistente, vuestro querido can hállase a mi espalda, exactamente al final de mi espalda. Y fue tal la nueva algarabía canino-infantil que a punto estuvo de costarme el desmayo; rápido anduvo el pobre Bartholomew en colocar en mi línea de desplome mi apreciada butaca que más que nunca parecióme trono celestial. Milord, seré breve: ésto parece una zona de guerra y faltan escasos minutos para las doce, permitidme que os ayude a ordenar este caos y celebremos la llegada del nuevo año como mejor podamos, que para ello me he tomado la libertad de venir... Imagináos, amigos lectores, el enorme suspiro de alivio con el que logré recuperar mis maltrechas constantes vitales, ...¡ah!, y de mis impagados haberes, ya hablaremos mañana, y el enorme salto con el que me puse en pie dispuesto a arreglar, quiero decir, a dirigir, el restablecimiento del orden, y, si os parece Milord,  vos y la pitusa podríais encargaros de las viandas y bebidas mientras Canelo y yo tratamos de adecentar este.... babel.  
No queriendo herir susceptibilidades, acepté la propuesta y entre todos conseguimos, más o menos, hacer de aquella selva un lugar habitable, una vez los muebles en su sitio y las uvas, galletas y... Tito, Tiiiitooooo, que a mí no me gustan las uvas, entonces, criatura, ¿qué comes con cada campanada? ...¡polvorones! en nuestros respectivos platos, púsele a la niña una vieja sábana agujereada en su centro, cual poncho improvisado a modo de babero, pues el pringoso recubrimiento a base de chocolate de los dulces, recordábame episodios antes vividos en los que comida, más niña pringosa, más tapicerías, daban como resultado la irremediable renovación total de mi carísimo mobiliario casero. ¡¡¡Que empiezan los cuatros Titooooooo!!!, los cuartos, se dice los cuartos, Maribé, corregí mientras subía el volumen de la radio y la nena se sentaba en mi preciosa alfombra de pelo, ¡ay!, blanco, sujetando al pobre chucho con un brazo ante su cuenco de PetCookies, a la vez que apretaba ansiosa un polvorón con cada mano, que sea lo que tenga que ser, murmuré resignado mientras me sentaba en el sofá e invitaba al buen Bartholomew a hacer lo propio a mi lado, cosa que hizo tras un sincero oh, gracias, Milord; cuánto me gustaría decirle que dejara de llamarme Milord, y de fingir que es un auténtico mayordomo inglés, ¡pero si hace siglos que sé que se llama Bartolo y que es natural de Manganeses de la Polvorosa!, en la bella provincia de Zamora..., pero, sinceramente, no puedo, no me atrevo. 

Entre los nerviosos ¡Ya!, ¡Titoooo, que ya empiezan! ¡UNA!, ¡DOS!, ¡ay, no, que son los cuatros!, ¡AHORA!  de la enana y los gruñidos del alborozado cachorro, a duras penas pudimos escuchar la narración en la radio de la bajada del carrillón, previa a los cuartos, durante los cuales observé, vencido, como los pequeños bichos, humana y chucho, se disputaban sus, ya escasas, peculiares y maltrechas uvas, que ya parecían formar parte imborrable de una ornamental decoración sacada de la peor pesadilla de cualquier amante del minimalismo. Narrado el último cuarto, anunciaba el locutor la inminencia de la esperada primera campanada, cuando, de repente, enmudeció la vieja radio y, por supuesto, de la sorpresa enmudecimos todos, sí, los increíbles, también, pero, aún hay más: todo, absolutamente todo, había extrañamente enmudecido; la radio, nosotros, el tic tac del reloj de pared, el crepitar del hogar, hasta el viento. Quizás sólo fue un segundo, o menos, el caso es que el más extraño de los silencios se apoderó del ambiente, pero ya os digo, fue tan corto  que ni siquiera que ni siquiera nos dio tiempo a percibir lo aterrador que en realidad era. Pero, en fin, volvió la normalidad con la primera campanada, ¡UNA!, canté yo, y primera uva al gaznate, ¡SIETE! graznó la graciosilla, ¡GUAU!, el otro, ¡VOSOTROS A CALLAR!, ¡DOS! volví a cantar, ahora la segunda, otra uva. ¡TITOOO!, tercera uva, oh, equivocóme la cría, ¡Tito, que eso no eran campanadas, que es la campana de la puerta! 

Nos mirábamos unos a otros como no sabiendo que hacer y ya dando por cierta la apreciación infantil, pues  ninguna de las diez campanadas restantes hizo aparición; y así me encontré, pasmado, mirando las diez uvas que me quedaban en el plato, mientras los demás reaccionaban cada uno a su manera: Bartholomew, disponiéndose a servir el champán para el brindis; Canelo, extrañamente tembloroso acurrucado a mis pies, y Maribé dirigiéndose a la puerta, por supuesto después de pasar por encima de su plato, cuyos restos quedaron grabados en forma de huella por todo el trayecto. Ida y vuelta, porque no tardó en volver para, tirándome de la manga, obligarme a agachar la cabeza para oírla mejor, gesto inútil pues seguía hablando a gritos, Titooooo, hay una señora muy rara en la puerta, entonces, poniéndome en pie y tomándola en brazos, y, ya de paso, echando a perder mi traje nuevo, le pedí que me definiera un poco mejor eso de rara, pos que va vistida de negro, con capucha, ¡y en la mano lleva una guadaña! 
   
―Hola, con permiso...


















Continuará...



O no.


          



Continúa AQUÍ.







1 de noviembre de 2015

La insobornable brevedad del ser.

"Si es posible, se debe hacer reir hasta a los muertos". 
Leonardo DaVinci, polímata renacentista. 







—¿Y verme?, ¿ya puedes verme? 


—Ssssí, pero ¿qué... diablos está pasando? 



—Bien.  Nada, sólo es que...  ya estás muerto. 




Requiem: Dies irae.

Dies iræ, dies illa,
Solvet sæclum in favilla,
Teste David cum Sibylla! 

Quantus tremor est futurus,
quando iudex est venturus,
cuncta stricte discussurus! 
Día de la ira, aquel día, 
en que los siglos se reduzcan a cenizas, 
como testigos el rey David y la Sibila. 

Cuánto terror habrá en el futuro, 
cuando el juez haya de venir 
a juzgar todo estrictamente. 

Este es el estremecedor Día de la ira en versión de Giuseppe Verdi para su famoso Requiem compuesto en 1874 en memoria de su gran amigo el poeta Alessandro Manzoni. Es un himno en forma de poema, de autor aún por confirmar, que narra la llegada del terrible día del Juicio Final, durante el cual los muertos serán llevados ante el trono divino para ser juzgados. 

El Juicio Final  
Miguel Ángel - Capilla Sixtina



Buenas noches mis queridos visitantes. 

Noche de Difuntos, noche de Halloween, noche de ánimas, fantasmas, noche de miedo... La entrada de hoy la protagoniza, como no podía ser de otra forma, nuestra amiga Divina de la Muerte, quien a pesar de haber pedido el día libre, no va a poder acompañarnos al no habérsele concedido tan imposible gracia. Eso sí, me ha convencido amablemente para que sea yo quien os relate como buenamente pueda una de sus últimas aventuras, de la que ya os he adelantado un fragmento que seguro aún os mantiene en suspense, expectantes ante la terrible tensión creada. Sigamos, entonces, con el relato de los hechos, pero ahora empecemos por el principio... 

Unos minutos antes... 

Poco después de haber identificado aquellos sonidos como angustiosos lamentos y desconsolados llantos, fue poco a poco recobrando la visión y reconociendo a sus más allegados familiares como los emisores de tan sentidos plañidos, aunque no ocurrió así con la estancia en que se encontraba, pues fue incapaz de reconocer la habitación de su propio y exclusivo hospital privado, el que él mismo ordenó construir en su imponente, por enorme y lujoso, Palacio Imperial. Aún con la vista un poco borrosa, hizo varios intentos de incorporarse sin conseguirlo, aunque sí pudo, al menos, trazar un travelling visual a lo ancho de aquella enorme y blanca sala, en gran parte amueblada por mesas y aparadores con extraños aparatos electrónicos de los que salían decenas de tubos y cables que parecían terminar en él mismo. Todo inmaculadamente blanco, como blanca era la gran lámpara circular suspendida sobre su cuerpo, como las que se usan en los quirófanos, Quirófano, concluyó, estoy en un puto quirófano. Su reintento de incorporación volvió a resultar infructuoso, al mismo tiempo que se daba cuenta de que había abierto los ojos y girado la cabeza a ambos lados buscando orientarse, y de que no era consciente de haber movido un solo músculo de su cuerpo, Bien, calma, estoy en un quirófano o algo así, debo estar bajo los efectos de algún sedante o anestesia, ¡Queréis dejar de llorar de una puta vez y decidme que coño está pasando!, gritó desbaratando el leve intento de calmarse, ¡Malditos inútiles, estúpidos carroñeros, os ordeno que dejéis de lloriquear de una maldita vez! ¡Ayudadme a levantarme o haré que os despellejen a todos!, gritaba cada vez con más furia, comprobando que ni sus gritos ni sus intentos de aspavientos hacían efecto alguno en sus afligidos acompañantes que continuaban lamentándose, unos en desgarradores llantos, otros en mudos mantras de gestos de rechazo, de negación ante algo que parecía innegable, algo que era inevitable. Los gritos y las órdenes aumentaban en volumen y procracidad en la misma proporción que su desesperación, a medida que iba dándose cuenta de que allí estaba ocurriendo algo que aún no sabía explicar, pero que no indicaba nada bueno, ¡Calláos ya y ayudadme!, ¿acaso estáis sordos?, ¡os he dado una orden, idiotas!, ¡guardias!, ¡¡guardias!!, ¡¡¡a mí, la guardia!!!, gritó más allá de la desesperación, incapaz de comprender cómo su propia familia se negaba a atenderle, aquellos que mejor conocían de lo que era capaz de hacerle a quien osara siquiera mirarle mal, aquellos que por tenerle más cerca, más temerosos debían mostrarse. 

 —No te oyen. 

—¿Qué, quién?... —¿De quién y de dónde provenía aquella desconocida y femenina voz que a pesar de su susurrante y dulce tono, llenaba la amplia sala resaltando muy por encima de los desconsolados lamentos del compungido y sordo coro?

—No pueden oírte —insistió—, pero yo sí. —Allí estaba, la descubrió a su izquierda, junto al amplio ventanal de cristales traslúcidos y blindados, de pie, tiesa como una vela en la esquina más alejada de la camilla en que su seboso cuerpo descansaba inerte, también ajeno a sus órdenes. ¡Cómo no la había visto antes!, la amplia túnica negra con capucha que la cubría resaltaba enormemente entre el níveo color hospitalario, muy similar a la escasa porción de pálida piel que dejaba al descubierto—. Y veo que tú a mí también, ya puedes oírme.

—¿Q... qué?, sssí, te escucho, pero ¿quién eres tú? — Aquella misteriosa mujer parecía ignorar sus balbuceantes preguntas, quedándose tan sólo con las respuestas que ella demandaba. Parecía ignorarle, parecía mirar fijamente al infinito a través de la protectora opacidad de la ventana. 

—¿Y verme?, ¿ya puedes verme? —volvió a preguntar, inmóvil, como sin interés, como si ya supiera cada respuesta.

—Ssssí, pero ¿qué... diablos está pasando? 

—Bien.  Nada, sólo es que... —hizo una breve pausa que pareció eterna, mientras, ahora sí, girando la encapuchada cabeza hacia él, le sentenciaba sin la menor vacilación en su afable y a la vez glacial y apodíctico tono—: ya estás muerto. 


El Beso de La Muerte (1930), Jaume Barba.
Cementerio de Poble Nou, Barcelona.
©Marco Casiraghi Photography

En el escaso e inexplicable segundo que aquella insolente mujer tardó en anular la distancia que les separaba, dejando a la vista, apoyada en la pared, la temible guadaña que antes su cuerpo eclipsaba y que ahora brillaba amenazante, reflejando la filtrada luz del exterior, vio pasar el incrédulo hombre toda su corta e intensa vida ante sus ojos. Trató de sobreponerse al terrible pavor que le invadía, ¡Guardias!, volvió a llamar en vano, como vana fue la orden que dio a su cerebro de mover los brazos para esconder el miedo atroz que le producía Aquella que parecía avanzar flotando hacia él, mientras a su paso se iban marchitando los escasos pero frondosos ramos de flores blancas que encontraba a su paso; un sólo pero majestuoso gesto de su brazo izquierdo transformó en gélida brisa el purificado y cálido ambiente de la sala, provocando la estampida entre adiestradas reverencias y confusos signos de temerosa sumisión e histérico terror, No, no puedo estar muerto, yo no... ¡Ah!, le cortó ella con un simple gesto, ya a escasos centímetros de aquel embotado rostro, permíteme un pequeño matiz: exactamente aún no estás muerto, shhh, le cortó de nuevo abortando cualquier esperanza, te encuentras justo en el trámite entre la vida y la muerte, camino que no tiene vuelta atrás, o sea, como si estuvieras muerto. No, no , no, seguía él negando lo evidente, yo no puedo morir, aún soy joven y estoy sano, los mejores y más caros médicos del mundo cuidan de mí, Ya, ya, ya, la cantinela de siempre, recitó ella sin emoción alguna, Bueno, si te soy sincera, que siempre lo soy, no esperaba mucho más de tí, te comportas en la muerte como el vil y patético gusano que fuiste en vida, como el niño mimado, caprichoso, egoísta y cruel que nunca has dejado de ser, ¡Basta!, fue ahora él quien quiso  cortarle a ella, quien seguía inmutable con su franco sermón, pero tranquilo que no he de ser yo quien te juzgue, eso es cosa de Otro, a mí me debe dar lo mismo lo que te ocurra, Entonces, dijo él, atisbando lo que creía ver una vía de escape, No tiene porqué pasar esto, siempre podemos llegar a un acuerdo, No me digas, dijo ella añadiendo a su monótono tono una pizca de sorna y la acostumbrada decepción, Soy tremendamente rico, dinero, ¡oro!, dime cuánto quieres y será tuyo al momento, Oro, musitó ella con desgana, oro dices, dinero, pobre infeliz, cuán iluso resultas intentando comprarme, ¡a mí!, a quien nada desea ni nada codicia, por la simple razón de que nada necesita, Ya, corta el rollo bruja endiablada, yo sé, yo sé muy bien lo que quieres: Almas, sí, ya te he dado unas cuantas decenas de miles, pero dime, cuántas más quieres, tengo millones, todas a tu disposición, quieres también a esa corte de aduladoras sanguijuelas que me acompañaban, ¡tuyos son, todos!, Dices bien en que han sido numerosas las almas que me has... adelantado, no dado, pues no puedes darme lo que ya es mío desde el mismísimo momento de su concepción, ah, y en cuanto a tus llorosos familiares, en verdad crees, estúpido y vanidoso despojo que lloran por tu pérdida. Pronto, poco después que tú, asqueroso reptil, serán míos, y lo saben, y lo aceptan con la resignación y el temor  que les ha acompañado toda su vida, saben que el mismo pueblo, ese pueblo que tú, gusano inmundo, me ofreces, sin el menor atisbo de remordimiento o vergüenza, acabará con todos ellos como acabaron contigo hace nada, sí, el pueblo que sometiste y tiranizaste desde que eras una pequeña bola de grasa, que es lo único que ha crecido en ti, hasta transformarte en el nauseabundo y seboso despojo que ahora yace ante mí, ¡Mírate!, le espetó al mismo tiempo que le agarraba por el cuello y le alzaba para que pudiera contemplar desde lo alto lo que quedaba de su maltrecho cadáver, Mírate bien, contempla lo que tu venerador pueblo ha echo contigo, y ahora, concluyó recobrando su casi maternal tono al mismo tiempo que giraba sin aparente esfuerzo a aquel pelele, enfrentándole cara a cara con aquel pálido rostro, antes cubierto, a aquella mirada que arrastraba el pesar de eones de siglos, de milenios, de universos, Observa tu patética existencia y compárala con el tenebroso futuro que te aguarda. No, no intentes llorar, ya no puedes. Vámonos, concluyó la Muerte, alcanzando con la mano libre -algo sólo posible en aquella estancia en la que el tiempo y el espacio ya no existían- la afilada guadaña que esperaba en la lejana esquina, y con un gesto de tan rápido y certero, inimitable, clavó la afilada hoja en el cuello del finado, alzando la versátil herramienta hasta apoyarla en su hombro, dejando a su espalda la hoja de la que pendía como un guiñapo el atormentado alma de aquel que intentó comprar a la mismísima Muerte. Anda, no me seas patético.   
  
Sinfonía nº 6 en Si menor, 'Patética'.
(4º mov. Adagio lamentoso). 


Antes de nada quiero aclarar que el sobrenombre de Patética en esta 6ª Sinfonía de Tchaikovsky, fue sugerido por el hermano del compositor, pero no con el significado con que llamaríamos patético al co-protagonista de este relato, sino con el de tierna, emotiva, conmovedora. Bien y como me suele suceder me he quedado sin tiempo para ilustrar este párrafo como se merece, pero os dejo un valioso enlace a otro blog en el que su autor expone y comenta, con mucho mejor acierto de lo que lo haría un servidor, la obra mencionada. También es mi deseo expresar mi agradecimiento a mis apreciados amigos del Cenáculo musical, del que me siento honrado de formar parte -supongo que por mi irresistible belleza y  carisma-, todos ellos grandes gourmets de la belleza y el arte, que no han dudado en ilustrarme cuando así se lo solicité. 









—No, no, nooooooo... ¿adónde me llevas?, ¿qué va a ser de mí?

—Ya lo has visto, no creo que quieras repetir. 

   Te lo contaré cantando. 

   Te va a encantar. 

   O no.



Raskayú, cuando mueras qué harás tú. 

Rascayú, cuando mueras ¿que harás tú?
Rascayú, cuando mueras ¿que harás tú?
    Tú serás un cadáver, nada más.
      Rascayú, cuando mueras ¿que harás tú?

Oigan la historia que contóme un día
el viejo enterrador de la comarca;
era un viejo al que la suerte impía
su único bien arrebató la Parca.

Todas las noches iba al cementerio
a visitar la tumba de su hermosa
y la gente murmuraba con misterio:
"es un muerto escapado de la fosa".

Hizo amistad con muchos esqueletos
que salían bailando una sardana
y mezclando sus voces de ultratumba
con el croado de alguna rana.

Los pobrecitos iban mal vestidos
con sábanas que ‘ad hoc’ habían robado
y el guardián se decía con recelo:
"estos muertos se me han revolucionado".

Si no es bastante tétrica la historia,
los fuegos fatuos se meten en el lío
armando con sus luces tenebrosas
un cacao de padre y muy señor mío.

La, la, la...
















23 de mayo de 2015

Las impertinencias de la Muerte.

"La fuente de todas las miserias para el hombre no es la muerte, sino el miedo a la muerte". 
Epicteto, filósofo griego. 




Hola de nuevo, amigos. 

Ayer le he enviado un guásap a mi querida sobrina Mari Beyoncé con la esperanza de que me salvara un fin de semana de sequía creativa -sí, tan desesperado estaba, no hace falta hacer sangre de ello, ¿no?-, tras mi Hola Maribé, ¿quieres venir a pasar el finde?, ya he reparado el karaoke para que imites a tu adorada Rihanna, y pensaba hacerte sandgüiches de 6 pisos, que tanto te gustan, llegó su Ola k ase tito guapo n puido heta semana ay esanemes i tng kestudiar lenguage y litiratura kes mu difizil hotro dia vesos tkm (emoticonos de besitos, besitos. besitos. corazón, corazón, corazón, los 3 monitos y bailarina, bailarina, bailarina). 

Así que hoy os presento a Divina de la Muerte, otro de mis personajes, al cual tenía medio abandonado en la sección notas de esa red social venida a menos que todos sabemos; al parecer se ha cansado de ser un personaje en busca de acción -algo que no acabo de entender dado que siempre se está quejando del exceso de trabajo... o quizá sea de la falta de descanso, que aunque parece lo mismo, no lo es- y ha decidido dar el salto al estrellato. Vendrá de vez en cuando a contarnos algunas de sus aventuras, en microrrelatos, poemas, críticas, chascarrillos, chistes malos etc; no le falta humor, ni mala baba, puede ser tan gélida como cursi hasta la náusea, irónica, mordaz, simpática, borde, cruel o la más tierna de las criaturas; viene tan segura de sí misma que ayer mismo se ha abierto una cuenta en Twitter, @mellamodivina, no temáis seguirla y sobretodo no temáis que os siga, en su segundo tuit, lo deja muy claro: 


Y ya si más os dejo con un relato que aunque ya lo tenía publicado, le he hecho unos pequeños arreglos y ha quedado como nuevo:



Las impertinencias de la Muerte.

—¡Espera! —grité al verla pasar de largo, sorprendido y, al mismo tiempo, arrepentido de aquella imperativa orden mucho antes de haberla terminado de pronunciar. 

Ella se detuvo en seco, a escasos metros de donde yo me encontraba petrificado por el miedo, Qué quieres, preguntó, y sin ni siquiera volverse para mirarme pronunció un condescendiente no es a ti a quien busco. Su voz era profunda, grave, aunque dulce y femenina, casi maternal, mas carente de emoción alguna, monótona; una voz que parecía arrastrar en cada sílaba el peso de todos los pecados del universo habidos y por haber; una voz de quien, a su vez, todo esto parecía importarle muy poco, por no decir nada. Lo sé, conseguí responder, me lo imaginé al verte pasar de largo... como tantas veces, me aventuré a decir con creciente remordimiento, clamando por que no se lo tomara como un desafío; Qué quieres decir, la misma voz, inmutable, como su mayestática pose, inspiré profundamente y tras conseguir tragar saliva me lancé a la piscina: Verás, ya son muchas las noches, como esta, en las que te veo pasar a mi lado, a veces casi rozándome, y cuando consigo recuperar el color y el resuello al ver que has pasado de largo, no puedo evitar la sensación de sentirme imbuído por un cierto halo de... de inmortalidad.. No sé si fueron segundos u horas el tiempo que esperé luchando por no desviar la mirada de ella que aún permanecía de espaldas a mí, hasta que girando casi imperceptiblemente su encapuchada cabeza, pareció mirar y hablarle a su propio hombro; pero no, fue a mí a quien dirigió aquella lacónica sentencia: 

—Ya, pues no te hagas ilusiones —y siguió su camino. 


Requiem: Tuba mirum.

Tuba mirum spargens sonum,
per sepulcra regionem,
coget omnes ante thronum.
La trompeta, esparciendo su asombroso sonido
por los sepulcros de todas las regiones,
reunirá a todos ante el trono.


Giuseppe Verdi
Este sobrecogedor Tuba mirum pertenece a la Misa de Requiem compuesta por Giuseppe Verdi en 1874, tras la muerte de su compatriota, amigo y colaborador Alessandro Manzoni, célebre poeta y escritor milanés. Y fue en Milán, en la Iglesia de San Marcos, el día del primer aniversario de la muerte del poeta, donde se estrenó con un rotundo éxito esta inmortal obra de la que tengo una especial querencia ya que fue la primera obra que pude escuchar en directo, aunque sólo fue durante un ensayo. Fue allá por 1988, un servidor, que se encontraba cumpliendo, con gran orgullo y decreciente satisfacción, su servicio militar en Madrid, fue llamado junto a toda su Compañía nº 11 de la Policía Militar a cumplir con la arriesgada misión de hacer bulto como público para la realización de las pruebas de sonoridad en el, por aquel entonces, recién construído Auditorio Nacional de Música, en la calle Príncipe de Vergara. Allí estaban la Orquesta y Coro Nacional de España bajo la batuta de su director titular Jesús López Cobos, quienes además de hacer explotar unos cuantos petardos de prueba, nos deleitaron con algunos números de esta grandiosa obra, no recuerdo si se interpretó este Tuba mirum, pero lo que no se me olvidará nunca fue la primera impresión que me causó el tremendo Dies Irae que le precede en la partitura y que me reservo para otra ocasión.




Y ya os dejo tranquilos, mañana hay elecciones y seguro que tenéis mucho que reflexionar. 

O no.